Hola, ¿queda alguien por aquí?
De vez en cuando me da por reflexionar sobre las novedades que Internet y en general las Tecnologías de la Información nos brindan. Entre otras, están las redes sociales. Sí, esas historias como Tuenti, Facebook, Twitter que sirven para… esto… eeeh…. aaah… para lo que cada uno quiera: desde montar una granja hasta ver las fotos de la fiesta -guateque diríase hace 40 años- de ayer, o saber lo que uno ha comido. La cosa es que han venido a crear o complementar una necesidad social que antes no existía.
Un elemento común a todas estas redes sociales es el concepto de “amigo”, como se denomina en Facebook, “follower” en Twitter, y así otras definiciones que básicamente indican un vértice (nexo, unión, contacto) entre dos nodos (personas), formando un grafo global. Que este grafo sea dirigido -en cristiano, que Alice sea amiga de Bob no implique que Bob sea amigo de Alice- o no dirigido depende, de nuevo, de la red social. En esto Twitter y Facebook, dos ejemplos canónicos, son dos casos de cada tipo.
Lejos de querer entrar en cómo aplicar la Teoría de Grafos en las redes sociales -un campo que tiene cierto interés-, quiero discutir el propio concepto de “amigo” en el contexto de estas redes sociales y dar mi punto de vista. Y es que cualquiera que haya tenido la ocasión de tener una cuenta en una red social, y no sólo en una red social, sino por ejemplo en un servicio de chat -MSN Messenger será el caso más conocido por mis lectores-, se habrá planteado qué significa este concepto fuera de su contexto hasta hace una década habitual. Otro tema que toca lo que quiero exponer es la privacidad, de rabiosa actualidad también en este mundillo.
Veamos un ejemplo:
“Alice se hace una cuenta en la red social F. Alice carece de experiencia en cualquier otra red social: no sabe muy bien para qué sirve, pero le han dicho sus amigos (los de la vida real, entiéndase) que está muy bien. De repente le llega una solicitud de amistad de Bob, persona con el que no tiene una gran relación, bien sea porque simplemente coincidieron en el colegio hace ya diez años o porque es amigo de un conocido que ve cuando va de vacaciones al pueblo. ¿Qué hacer?, se pregunta Alice. Ella, que es persona amistosa y tiene una mentalidad todavía inocente respecto a la red social F, acepta la solicitud. Ahora Alice y Bob son amigos en la red social F.
¿Y ahora qué? Pongamos que pasan los años y al final Alice acaba con 500 amigos en F. En la página de inicio de F, Alice tendrá a diario “cienes” de noticias e historias de cada uno de los 500 amigos. Es más, ahora cada vez que Alice escriba algo, suba una foto, etc, los 500 amigos en F sabrán lo que está haciendo sin tener que recurrir a los servicios de espionaje. Un día algún amigo de Alice subirá alguna foto simpática, inocentona, que puede ser comprometedora para Alice y entonces vendrán los malos rollos…”
No quiero seguir con esta historia, porque el lector ya puede intuir por dónde voy. He de aclarar, no obstante, que no estoy para nada en contra de las redes sociales ni me declaro un obseso de la privacidad (por ejemplo, esta entrada la puede leer todo el que guste y quiera). Simplemente quiero añadir una gota de Sano Sentido Común (SSC, marca registrada) a este tema. Creo que las redes sociales son como un cuchillo: sirven para lo bueno y para lo malo. Pero hay que saber qué se está haciendo.
No tengo nada en contra de los que aplican la doctrina Roberto Carlos (“Yo quiero tener un millón de amigos”), siempre qué sepan qué están haciendo. En mi caso tomé no hace mucho la determinación de ser selectivo con las solicitudes de amistad. No es que pida graduado universitario, idiomas y buena apariencia para aceptar la solicitud, los tiros no van por ahí precisamente. Me refiero a que yo quiero compartir mis fotos, mis noticias, mis recomendaciones personales con gente con la que tengo estima, intereses comunes, etc, y que estos lleguen más o menos hasta ahora. Ahora entenderá usted, compañero con la que tengo en común sólo ir a la misma Universidad que rechace su solicitud de amistad. No es que me caiga mal de antemano, pero es que en estos casos prefiero que me presenten con apretón de manos y conversación. En este caso no sé si soy cauto o anticuado, pero es lo que hay.
Por otro lado, no me tiembla mucho el dedo a la hora de borrar contactos de amistad. Oye, mira, que sí, que estuvimos juntos en un curso de papiroflexia una semana en Santurce, pero a ti te van los perros y a mí los gatos, y salvo una coincidencia brutal no nos vamos a chocar por la calle, en cuyo caso no dudes que saludaré amistosamente y preguntaré por la familia. Pero que tengas a un clic lo que hice ayer o lo que opino sobre las grapadoras pues no es que me atraiga precisamente, y viceversa. La gente por fortuna o desgracia viene y va, y no creo que en una red social deba ser muy diferente.
¿Soy un borde, un paranoico o un capitalista salvaje? Quizás lo pueda parecer, aunque no sea mi objetivo (bueno, capitalista sí). Yo mismo siendo más joven (e ingenuo) tenía mis cien contactos en el mésenyer, de los cuales quizás conocía directamente al 50%, y con los que conversaba un 25%. A día de hoy eso lo veo como un error sin consecuencias en mi caso, pero potencialmente dañino para cualquiera.
Estamos en definitiva en una nueva frontera humana, en la que todavía vamos a ciegas y dando golpes. Por tanto recomiendo no salirnos de los métodos habituales, que es ir yendo poco a poco, tanteando el terreno, aplicando lo que ya funcionaba y con unas gotas de SSC.
Y como este blog pertenece un 0,001% de mis lectores, ¿qué opináis?
PD: Llevo unos meses sin escribir nada, pero hoy me he quedado a gusto. Total, si no el lector no está de vacaciones ya, lo estará en breve, y con la crisis no hay otra cosa mejor que hacer que leer este blog (Se oyen risas).